Reclamo de Perdiz

 

 

La caza de la perdiz con reclamo es una modalidad cinegética catalogada como tradicional, por ello los conocimientos adquiridos por nuestros antepasados jauleros se han ido trasmitiendo de padres a hijos.



Para encontrar referencias históricas acerca de su práctica habría que remontarse posiblemente al siglo VI donde aparece en una de las fábulas de Esopo- concretamente en la de “El Pajarero y la Perdiz”- la alusión a la existencia de una perdiz utilizada como reclamo.

Posiblemente cuando se comprobó que el canto de las perdices enjauladas atraía a sus congéneres salvajes hizo posible el nacimiento, hace siglos, de esta apasionante modalidad de caza. Lógicamente las “armas utilizadas” para su captura serían las propias del momento, como podrían ser piedras, redes u otros artilugios rústicos y primitivos.

Con el paso de los años la esencia, el fondo mismo de esta forma de cazar, ha permanecido inalterable, eso sí han evolucionado y aparecido accesorios nuevos en su práctica.

A los aficionados que practicamos esta modalidad de caza se nos conoce con distintos nombres como jauleros, perdigoneros, reclamistas, etc. y así dependiendo de la zona de España donde nos encontremos adquirirá una u otra denominación.


Han tenido que transcurrir muchos años de incomprensión, por parte de los legisladores de turno, para que esta modalidad se legalizara. De esta forma en el año 1.970 vio por fin la luz la ley que regulaba su práctica.

En este sentido, a partir de esta fecha existen varias comunidades en España donde se practica, de forma legal, esta bella modalidad venatoria, siempre con las lógicas restricciones que aparecen en las órdenes de veda o leyes propias de cada una de ellas, donde viene regulada toda la normativa aplicable para su práctica.

La perdiz roja autóctona (Alectoris rufa), como toda gallinácea, atraviesa a la largo del año por una fase de celo previa al apareamiento y posterior nidificación. Todo comienza cuando en el bando de perdices se inicia la separación del clan familiar en pares o colleras.

Esta separación no tiene nada de dulce ni de romántica, pues el sistema de elección que tienen los machos para elegir su hembra se caracteriza por peleas entre ellos que van desde aletazos, picotazos, agarrones y un sin fin de muestras guerreras. Esta fase se conoce con el nombre de picadilla, debido a las luchas que mantienen entre ellos.

Estas parejas recién formadas eligen un territorio, más o menos amplio, donde realizaran posteriormente el nido y sacaran, llegado su momento, a su prole. Este terreno ocupado se denomina querencia en el argot perdigonero. Siendo la perdiz un ave extremadamente territorial, defenderá con gran arrojo y valentía sus dominios, y así ante la menor señal que detecte de encontrarse con algún intruso en “su casa” acudirán presurosos a castigar al invasor del terreno ocupado para desalojarlo de forma inmediata.

Es precisamente aquí donde se basa la caza de la perdiz con reclamo, en colocar un macho enjaulado en el campo que por medio de sus cantos y sonidos intente atraer a su presencia a aquellas perdices que estén a su escucha.

Los recursos sonoros del macho enjaulado o reclamo para lograr sus objetivos son muchos, la importancia de conocerlos, el saber interpretarlos y así mismo el poder distinguirlos por el aficionado es de gran importancia.

El reclamo dispone como decimos de un variado repertorio musical que emplea en su “guerra dialéctica” con sus congéneres salvajes y así tenemos: el canto de mayor, la embuchada, aguileo, regaño, ajeo, titeo, chirrido o rebote, dar de pie, rinreo y así hasta un total de 21 recursos sonoros que emite siempre adaptándolos al estado de celo del campero.

Para su práctica es necesario conocer el escenario donde se va a desarrollar el lance que se compone básicamente del puesto (habitáculo donde el cazador se oculta para observar el trabajo de su reclamo y desde donde dispara a la perdiz entrante) el repostero, pulpitillo o tanto (es el lugar donde se coloca el reclamo para que por medio de sus cantos pueda provocar a los machos y camelar a las hembras) y por último la plaza o tiradero (lugar que circunda el tanto).

Existe una norma invariable en esta modalidad de caza consistente en tirar solo a la perdiz salvaje que se encuentre en plaza y que además haya sido recibida por el reclamo. Cuando no se dan esta premisas lo que procede es indultar y dejar marchar a la perdiz entrante.

La pasión que se derrocha en esta modalidad de caza es grande y así los cuidados, atenciones, desvelos y mimos que se prodigan a los reclamos son permanentes todo el año y no solamente en la época de caza. De hecho somos los aficionados al reclamo los que posiblemente cuidemos mejor a las perdices dado el trato preferente que les dispensamos los 365 días del año.

Es muy difícil conseguir un reclamo catalogado como bueno y las pocas veces que se consigue es a base de largos años de enseñanza, de paciencia, de muchas sentadas y de contar con algo de experiencia. En esta caza lo más importante es la calidad de los trabajos efectuados por los reclamos en el tanto, mucho más que el número de perdices abatidas, que suele ser mínimo cuando acaba la temporada.

Los conocimientos que tiene que tener el aficionado al reclamo para practicar esta modalidad son muchos y así tenemos: las costumbres de la patirroja, conocer con detalle y saber interpretar todos sus cantos y sonidos, saber cuidar a sus reclamos todo el año aportándole una alimentación equilibrada, elección de los distintos emplazamientos de los puestos y un sin fin de detalles y elementos adicionales que hacen posible que se eleve a la categoría de ARTE esta fascinante modalidad de caza.